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Karamanlis y Frakapour (Salónica)

Actualizado: 13 de oct de 2019

Aylan Kurdi apareció muerto en una playa turca el 4 de septiembre de 2015. De ese lugar inhóspito, una de las múltiples escenas del crimen colectivo al que Europa bautizó como Crisis de los Refugiados, el pequeño niño de origen kurdo se trasladó a las portadas de todos los medios de comunicación.


El polvorín sirio había explotado cuatro años atrás. De las protestas pacíficas contra el régimen de Bashar Al-Assad se pasó, en un abrir y cerrar de ojos, a una guerra salvaje y sin control. las potencias internacionales no perdieron un segundo en apuntarse a la enésima partida de ajedrez de Oriente Medio. Rusia, Estados Unidos, Arabia Saudí, Irán, Francia, Israel, Turquía… Nadie estaba dispuesto a rechazar su pequeña parcela de poder a costa de la destrucción de un país otrora próspero.


2015 fue una año crucial, cerca de un millón de personas refugiadas entraron en Europa. Muchas de ellas eran sirias pero también había una gran cantidad de afganos e iraquíes. Ante esta situación, hubo cierto momento en que la hospitalidad pareció apoderarse de gran parte de los habitantes del viejo continente. Alemania y Austria abrieron sus puertas a aquellos que huían de la enfermedad, el hambre y la guerra. Dos años después, las calles de Barcelona se llenaban de manifestantes que, bajo el lema “Volem acollir”, exigían al gobierno un gesto de solidaridad para con esos pobres refugiados que no cesaban de aparecer en televisión.


En ese raro momento, a medio camino entre la incertidumbre, la esperanza y la conciencia de la necesidad de actuar como fuese, nació nuestro primer proyecto: Netegem la guerra. Sin tener muy claro dónde se estaban metiendo, Mercedes y Juan Sánchez, Riky Ribas, y Joan Simó tomaron un avión en dirección a Salónica. El cierre de la frontera entre la actual Macedonia del Norte y Grecia había convertido a esa zona en un cementerio de esperanzas que tenía como máximo exponente a Idomeni. Alrededor de esta pequeña población fronteriza llegaron a vivir unas 11.000 personas en unas condiciones higiénicas del todo alarmantes.


Las autoridades griegas decidieron desalojar el campo de Idomeni en mayo de 2016 para, posteriormente, hacer lo mismo con Eko, otro asentamiento provisional establecido en las cercanías de una gasolinera. La llegada de nuestros primeros voluntarios se produjo el 13 de junio, día en que oficialmente se dió por clausurado el campo de Eko. Los refugiados provenientes de estos campos no-oficiales habían sido trasladados a nuevos espacios, controlados por el ejército y situados, por lo general, en zonas industriales abandonadas. En dos de estos lugares, los campos de Frakapor y Karamanlis, es donde empezó esta aventura.


Esta campaña, desarrollada entre junio de 2016 y enero de 2017, estuvo compuesta por cinco viajes donde las principales labores fueron… Todo esto no hubiese sido posible sin las aportaciones económicas de un gran número de personas que, con su granito de arena, nos ayudaron a alcanzar la cifra de 5.790 €, un dinero que fue invertido de la siguiente forma:


Construcción de un espacio polivalente (Frakapor) = 2.500 €

Camisetas térmicas = 1.500 €

Pijamas = 890 €

Ropa interior = 300 €

Comida = 500 €

Generador eléctrico pequeño = 100 €


1r viaje (Junio de 2016)

Hacia las once de la mañana ha empezado nuestra primera reunión. Durante los próximos días trabajaremos junto a Salam Cultural Museum, una asociación formada por americanos de origen árabe. La mayor parte de los voluntarios son médicos y pasan horas en el campo tratando de poner remedio a las mil y una infecciones, leves pero molestas, que, debido a las pésimas condiciones higiénicas del lugar, no cesan de transmitirse entre los refugiados.


Mientras Juan Sánchez, el padre de Mercedes, trabaja con el equipo sanitario, Ricky, Mercedes y yo nos encargamos de jugar con los centenares de niños que pueblan el campo de Frakapor, también repartimos comida. He de confesar que a ellos se les dan mejor los críos que a mí y es por ese motivo que termino pasando la mayor parte del tiempo tomando el té junto a hombres kurdos de palabra escasa y amabilidad sorprendente. Me invitan a té, servido en humildes envases de papilla reciclados, a pastas y a cigarrillos, muchísimos cigarrillos. Algunos me cuentan como empezaron a fumar a causa de la guerra mientras otros tratan de enseñarme palabras en árabe o en kurdo y se ríen de mi lamentable pronunciación. Los voluntarios no tenemos otro nombre que “my friend”, así nos llaman aunque muchos de los refugiados, especialmente los niños, no sepan lo que quiere decir.


Durante estos días nos hemos estado alojando en un pequeño hotel cercano a la localidad de Sindos. El acuciante calor del verano griego, hay momentos en que se llega a los 40ºC, ha convertido la piscina del edificio en un reclamo turístico para todos los jóvenes de la zona. Tumbado en una hamaca contemplo el espectáculo de niños alegres que saltan, corren y juegan. Cuando los miras parece difícil encontrar la diferencia entre ellos y sus vecinos sirios. También resulta bastante complicado encontrar un porqué que justifique el rumbo, tan arbitrariamente diferente, que han tomado las vida de unos y otros. Europa disfruta de un cálido verano mientras millones de personas son condenadas al exilio, al calor, al frío, al olor pestilente de los baños sin agua corriente, al horror.

Joan Simó


2º viaje (Septiembre de 2016)

La segunda estancia en Frakapor y Karamanlis contó con la participación de Mercedes, Pilar y Juan Sánchez, Lucrecia Roca , Anna Miranda, Alicia Boulula y Nayana Marsal. Lucrecia y Juan trabajaron junto a los médicos del campo y el resto de voluntarias iniciaron la campaña de distribución de ropa de abrigo para un invierno que prometía ser duro.


Afortunadamente la gente no sufre desnutrición ni problemas graves de salut. No, no es la miseria sino la desesperación y la incertidumbre lo que se refleja en los ojos de esta gente. Además de víctimas de la guerra, son víctimas del olvido.


Es duro, muy duro, ver que ellos quieren y necesitan esa ropa que nosotros, des del primer mundo, no queremos. Hemos trabajado mucho pero queda aún más por hacer, con esta sensación agridulce volvemos a casa.

Pilar Sánchez


3r viaje (Octubre de 2016)

Nuestra intensa campaña de charlas, conferencias y actividades benéficas por toda la comarca del Maresme nos permitieron recaudar suficiente dinero como para iniciar nuestros primeros proyectos propios. Pilar, Mercedes y Alicia volvieron a Salónica para invertir en todo aquello que fuera necesario para mejorar las pésimas condiciones de vida del campo.


Una de las iniciativas más exitosas de este viaje fue, sin duda, la construcción de una escuela donde diversos voluntarios se encargaron de dar clases de inglés y matemáticas.


Hemos llegado muy pronto al campo, más de lo habitual. Aún no habían llegado los camiones de la limpieza cuando hemos sentido aquel fuerte hedor. ¡Mierda! Excrementos humanos al lado de las tiendas, de las casas improvisadas donde los refugiados se ven obligados a vivir. No soy capaz de entenderlo hasta que una niña me lo explica… Las noches son frías, muy frías, y hay veces en que es más práctico aguantar ese olor que aventurarse a salir del único lugar mínimamente cálido donde pueden estar. Si solo fuera por este motivo me parecería un poco exagerado, así que decido visitar las letrinas de plástico instaladas en el campo. Abro la puerta, más vale no describirlo. No puedo contener el vómito.


Los niños son el principal motivo de nuestro regreso, ellos son los que más sufren. Sus ojos han visto que jamás podríamos imaginar, pero, sin embargo, siguen siendo niños, niños que necesitan afecto, atención, tiempo. Una atención y un tiempo que sus padres parecen no poderles dedicar. Todos ellos parecen estar muy ilusionados con la escuela. Sirve para que, por un momento, olviden la situación en la que se encuentran. Hacerles sonreír es una experiencia maravillosa.


Lo peor es repartir ropa. Cuando las madres se ponen a llorar suplicándote que les des otra chaqueta para sus hijos es muy difícil decirles que no. Sabes que la necesitan pero, tristemente, no hay ropa para todos. Cosas como esta generan una impotencia difícil de describir”.

Mercedes Sánchez


4º viaje (Diciembre de 2016)

El invierno pareció venir acompañado del fin de la esperanza de aquellos que pensaban que su camino hacia una nueva vida iba a ser fácil. El sueño europeo se había congelado para los habitantes de Frakapor y Karamanlis. Para más inri, Diciembre llegó a los campos con una pésima noticia, los paneles de electricidad, únicos garantes de la posibilidad de ducharse con agua fría, habían dejado de funcionar.


Pep Carbó, Riky Ribas, Alba Rodríguez, Marc García, Jaume Abad y Santi Sánchez cruzaron Macedonia del Norte en dirección a Grecia para unirse a Pilar, que ya llevaba un mes trabajando ahí. Mercedes y Alicia repitieron en este viaje.


Esta vez las donaciones sirvieron para instalar calefacciones y comprar ropa térmica.


Hoy es Navidad y a los refugiados les ha llegado un ilusionante regalo: un futbolín. No lo hemos comprado nosotros pero Ricky y yo hemos sido los encargados de montarlo. Nos ha costado un buen rato.


Estas fechas son un momento de felicidad. De felicidad e hipocresía. Mientras todos los pueblos griegos lucen sus caros adornos navideños, los habitantes de Frakapor sufren graves problemas por culpa de la falta de electricidad.

Riki Ribas


5º viaje (Enero de 2017)

Para Maite Vega y sus dos hijas, Anna y Paula Miranda, el año 2017 empezó en Salónica. Durante diez días se encargaron de repartir los 300 pares de zapatos que Humanity Wings había recibido desde Mataró. Fue un trabajo duro, la distribución vino precedida de un registro exhaustivo, realizado con la intención de que nadie se quedará sin un calzado digno.


Las bajas temperaturas dejaron a los habitantes del campo sin agua por unos días, sin agua fría, la caliente no llegaría hasta febrero. Respecto a la comida, la cosa no había cambiado demasiado. Una vez al día se servía a los refugiados un rancho de aspecto repugnante, era el único alimento caliente que tenían ocasión de ingerir. Lo demás se limitaba a bollería y arroz envasado.


Lo más duro fue ver a una mujer que un día nos vino llorando y con evidentes síntomas de congelación. Se había visto obligada a dormir tumbada en el suelo durante los meses más fríos del invierno, la temperatura del campo rondaba los catorce grados bajo cero. Pensé en mi madre, ambas tenían la misma edad, verla en esa situación me rompería el corazón.

Maite Vega


6º viaje (Febrero 2017)

Ricardo Moraño, Laura Fi…, Anna Bosch, Laura Pons y Omar Sabri, que ya habían colaborado con el proyecto de Salónica desde Cataluña, decidieron ir a ver con sus propios ojos que estaba sucediendo en los campos de Frakapor y Karamanlis. Ellos fueron los últimos en abandonar el campo de Karamanlis, cuyos habitantes habían sido reubicados. Así pues, su primera labor fue la de limpiar la vieja nave industrial abandonada, recoger todas y cada una de las tiendas que allí quedaban y enviarlas para la isla de Lesbos donde nuevos migrantes llegaban día tras día.


Más allá de esto, el trabajo de los nuevos voluntarios fue similar al que se realizó durante los anteriores viajes. Actividades infantiles, trabajo de almacén y repartición de comida fueron la rutina de esos días. También se distribuyó comida entre los refugiados que vivían en pisos okupas de la ciudad de Salónica.


Tras un breve regreso a casa, Ricardo y Laura decidieron volver a los campos. Combinaron su trabajo en Frakapor con la colaboración en dos centros solidarios de Sindos: TAMAM Community Center y Sindos Community Center. Durante el resto del año Ricardo volvió una y otra vez a estos espacios donde la ayuda humanitaria se combinaba con la actividad cultural, las clases de inglés y griego y las visitas al Zoo y a la playa.


Tras diversos viajes uno no ve a refugiados, sino a amigos. Amigos que sufren condiciones inhumanas. Pienso en el caso de un niño de tres años al que, cierto día, le cayó un cubo de agua hirviendo encima. Como los hospitales griegos se negaron a atenderlo, su madre trató de curarlo cubriendo sus quemaduras con harina. A las tres cicatrices de metralla que el pobre niño arrastraba desde su fuga de la ciudad asediada de Idlib, donde su hermano había muerto años atrás, se sumaron las heridas infectadas que, sin quererlo, su madre le había provocado. Fueron muchos días los que pasé tratando de curar a un niño a quien la guerra le robó la infancia. Era cojo. Corría, pero le costaba horrores. No podía distraerse de su desgracia con el entretenimiento más simple del mundo: el fútbol.

Ricardo Moraño

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